Apuntes de arte: Miró

Joan Miró i Ferrá, más conocido como Joan Miró, fue uno de los grandes artistas del siglo XX destacando por la creación de obras con motivos provenientes de los rincones más escondidos de la memoria y del subconsciente. El uso de la fantasía y la imaginación lo convirtió en uno de los artistas más originales del momento tanto en su faceta de pintor como de escultor. Nació en Barcelona a finales del siglo XIX (1893), estudió comercio y droguería debido a la tradición familiar dentro del comercio artesanal. A pesar de las presiones familiares, en 1907 decide iniciar su formación artística entrando en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona hasta el año 1910, para dos años más tarde entrar en la academia de Francesc d'Assís Galí donde entrará en contacto con las corrientes artísticas europeas del momento -expresionismo, cubismo, etcétera-.


Desde ese momento comienza a desarrollar una etapa detallista con la elaboración de una pintura minuciosa, caligráfica y miniaturista con claras influencias del cubismo. Poco a poco va mejorando su dibujo gracias a los continuos viajes a París y al contacto con otros grandes artistas como Picasso, Raynal, Reverdy o Max Jacob. Una vez maduró su estilo, comenzó a centrarse en temas determinados como la vida cotidiana, la familia o los paisajes, todos ellos con un cierto toque naif. La masía es un ejemplo de este periodo. Una obra que le llevó nueve meses de elaboración y que supone el punto álgido de este periodo detallista. En él, se puede ver la estrecha relación que Miró tenía con el espacio y la tierra, ya que el cuadro representa una masía en la cual había pasado buena parte de la infancia y resume, en buena medida, el estilo que estuvo desarrollando Miró en este periodo -el estudio de los detalles, los objetos, los primeros contactos con el surrealismo-.

Desde los comienzos de la década de los veinte, Miró pasará largas estancias en la capital francesa, pudiendo estar en contacto con los grupos vanguardistas del momento, al mismo tiempo que su pintura iba adquiriendo un método y un lenguaje propio que se ha denominado como surrealismo mironiano. Su método, el automatismo psíquico -la anulación de la conciencia para que brote la inconsciencia- fue una evolución de la poesía surrealista hacia el mundo de la pintura y la escultura. Miró crea un universo pictórico totalmente nuevo, dotado con unos símbolos que siempre repetirá; estrellas, palomas, organos sexuales abiertos, formas y colores en movimiento, libertad y alegría. Como hemos comentado antes, Miró pinta desde la memoria y por ello, muchas de sus obras son catalogadas como cuadros-poema. Entre sus visiones oníricas, destacan aquellas que están relacionadas con la propia poesía surrealista de los años 20, visiones de humorísticas, fantásticas, imágenes distorsionadas y retorcidas. Todo ello representado por una gama limitada de colores brillantes, en especial el azul, el rojo, el amarillo, el verde y el negro. De esta forma, poco a poco, Miró se fue introduciendo en el mercado internacional del arte, al mismo tiempo que exploraba otras experiencias como, por ejemplo, los decorados del mundo del teatro. De esta época podemos destacar dos obras: Paisaje catalán - El cazador (1924) y El carnaval del arlequín (1925).


A partir de la década de los treinta, sus obras empiezan a manifestar un profundo rechazo a la crisis política y social del continente europeo. La Guerra Civil Española (1936-1939) se plasma en sus obras con la representación de seres deformados y hostiles, colores tensos y tenebrosos, así como por el protagonismo del realismo feroz y la violencia trágica. De hecho, la premonitoria de los desastres de la guerra será una constante en sus obras de este periodo. En 1940, tras la invasión alemana de Francia, regresa a España a pesar de su oposición al régimen del general Franco y su posicionamiento político en favor de la República durante el conflicto civil. Desde ese momento, vivirá en una especie de retiro que se traduce en una radicalización de su lenguaje artístico y que se asienta en la serie de Las constelaciones (1940-1941). Fundamentalmente estas obras reflejan microcosmos nocturnos, bañados de unas figuras imposibles con una determinada mitología -la Luna, el Sol, pies, estrellas, mujeres, falos-. Este periodo se caracteriza por ser una época de oscurantismo, de exilio interior.


Tras esta época más oscura, los últimos años de su vida se caracterizaron por una crisis pictórica que se tradujo en una redefinición de estilos, así como en la dedicación de otras artes. Miró empieza a trabajar con grandes superficies de color, hay una profundización y simplificación de su lenguaje, del mismo modo que su estilo es cada vez más alegre y libre. Parece que Miró recuperó en la madurez la espontaneidad que tienen los niños al dibujar. Asimismo, se interesa por la litografía y el grabado, así como por la cultura, en muchas ocasiones de carácter monumental. Su obra comienza a ser reconocida por el público y Miró manifiesta de manera explicita su compromiso con el catalanismo y la lucha democrática. Antes de su muerte, el propio Miró trató de fijar su legado mediante la creación de la Fundación Miró en Barcelona y que en la actualidad posee un fondo de más de 10 mil piezas. 

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