Apuntes de arte: La arquitectura de los siglos XIX y XX. El modernismo (I)

La arquitectura de la primera mitad del siglo XIX se caracterizó por revivir de manera plural distintos estilos arquitectónicos. De este modo, esta mezcla de estilos históricos -el neobizantino, el neorrománico, el neobarroco y los derivados del arte islámico- acabaron por configurar un estilo ecléctico que dominó durante gran parte del siglo en una búsqueda en el perfeccionamiento de los estilos del pasado, en buena medida gracias a los conocimientos que proporcionaban los estudios arqueológicos desde mediados del siglo XVIII y por la propia influencia del movimiento cultural del romanticismo que buscaba la reproducción de construcciones pasadas. 

En este sentido, una etapa previa de este movimiento va a ser el neoclasicismo, vinculado al racionalismo ilustrado ya desde finales del siglo XVIII, supera el estilo rococó por considerarlo poco serio y centrado en espacios reducidos. Con diferentes etapas cronológicas a lo largo de Europa Occidental, la arquitectura neoclasicista se inspira en los modelos de la Antigüedad clásica y del Renacimiento para la construcción de edificios civiles. Hay un especial interés en la funcionalidad y el orden, por lo que jugará con formas puras, rectas y líneas severas para conseguir la monumentalidad. En Francia, los arquitectos que encabezaron este movimiento fueron Étienne-Louis Boullée (1728-1799) y Claude-Nicolas Ledoux (1736-1806), también conocidos como arquitectos utópicos. En Alemania, por ejemplo, el modelo clásico le sirvió de inspiración a Carl Gotthard Langhans para construir la Puerta de Brandeburgo en Berlín (1789 a 1791). Del mismo modo, en Italia modelos como el Panteón de Agripa se repiten en numerosas construcciones como a Gran Madre de Dio en Turín y San Francisco de Paula en Nápoles. 


A pesar del gran calado del estilo neoclásico en la arquitectura, las corrientes culturales románticas e historicistas pondrán de moda lo extravagante y lo pintoresco de la época medieval. El medievalismo arquitectónico encontrará en cada región un estilo distinto y convivirá, al menos hasta final de siglo, con el neoclasicismo. En Inglaterra, por ejemplo la burguesía apostó por la construcción de edificios de estilo neogótico que parecían asociar con sus propios orígenes como sector social. En España, el medievalismo tiene un gran carácter regional, por lo que en Asturias se recupera el neorrománico, en Cataluña el neogótico o, de manera más generalizada el neomudéjar en todo el territorio español. La estética del medievalismo fue extendida por toda Europa gracias a las obras del restaurador francés Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879) y el crítico británico John Ruskin (1819-1900).

A parte del medievalismo, el siglo XIX trajo el uso de nuevos materiales para la construcción como el hierro, el hormigón armado o el vidrio. Por ejemplo, en 1777 Farnolls Pritchard construyó el primer puente de hierro del mundo en Coalbrookdale y, ya en el siglo XIX, Viollet-le-Duc empleó el hierro para sus estructuras neogóticas. De hecho, fueron los ingenieros quienes empezaron a utilizar este material en la construcción de puentes. En el Reino Unido uno de los primeros intentos del empleo de hierro ligado a la arquitectura fue el Pabellón Real de John Nash en Brighton, entre 1818 y 1821. Poco después en París, Henri Labrouste levantó la Biblioteca de Santa Genoveva entre 1843 y 1850, según planteamientos estilísticos y formales tradicionales. Pero, los mejores exponentes de la arquitectura del hierro los ofrecerán las Exposiciones Universales y su capacidad de difusión, como por ejemplo: el Palacio de Cristal de Paxton (Londres, 1850-51), la Galería de las Máquinas de Dutert y Contamin y la Torre de Gustav Eiffel. La Torre Eiffel fue, sin duda, la atracción principal de la Exposición Universal de París de 1889. Su arquitecto, Gustavo Eiffel planificó un verdadero símbolo del optimismo técnico con la construcción de una torre que pesa más de 10 mil toneladas, formada por más 18 mil piezas de hierro con 2,5 millones de remaches. La torre dibuja un trazado piramidal que potencia la sensación de verticalidad, con un entramado de vigas necesario para dar estabilidad a la misma. Consta de tres plataformas: la primera a 57 metros, la segunda a 115 metros, y la última a 274 metros. Por lo tanto,  las dimensiones originales de la torre era de 305 metros de alto por 125 metros de ancho (a nivel de suelo). En la actualidad, la instalación de una antena de telecomunicaciones ha hecho que la altura alcance los 320 metros de altura.


En la segunda mitad del siglo XIX, al otro lado del Atlántico apareció una corriente que acabó por eliminar el cisma entre construcción y arquitectura. La llamada Escuela de Chicago se desarrolló en un momento de extraordinario crecimiento demográfico y económico en los Estados Unidos. Las ciudades necesitaban espacio, los solares cada vez estaban más demandados y la gran respuesta fue la construcción de rascacielos. De hecho, Louis Sullivan uno de sus principales promotores, calificó los rascacielos como «un producto conjunto del especulador, del ingeniero y del arquitecto». En Chicago concretamente, el origen de los rascacielos vino unido a un desgraciado acontecimiento, el gran incendio de 1871, que dejó el centro de la ciudad libre para construcción de nuevos edificios, esta vez con nuevos materiales ignífugos propios de la Segunda Revolución Industrial. De este modo, la proliferación de los rascacielos en los grandes centros urbanos se vio favorecida por la necesidad de aprovechar los espacios, el desarrollo del ascensor (1864), la mejora de los sistemas de cimentación y, como antes hemos comentado, los nuevos materiales constructivos como el hierro, el vidrio o el hormigón armado. 

Los rascacielos suponían la solución para varios problemas y además, atendía  a la demanda de oficinas, almacenes y hoteles que tenían las grandes urbes industriales y mercantiles. Los forjadores de la escuela como William Le Baron Jenney (1832-1907) o  Louis Sullivan (1856-1907) estuvieron estrechamente vinculados a las sociedades inmobiliarias que especulaban sobre los suelos vacantes. Sus edificios se reducen a un armazón metálico, compuesto por pilares y viguetas, que permite abrir grandes ventanas apaisadas en el exterior. La distribución es siempre la idéntica; locales comerciales en los bajos, oficinas en los pisos y servicios en la planta alta. De hecho, la gran preocupación de Louis Sullivan fue definir el arquetipo de rascacielos. Concebía los edificios como una fachada que unificaba planta baja y primer piso -para locales comerciales-, convirtiéndolos en un espacio marcadamente horizontal; seguían las plantas de oficina, prácticamente iguales, cuyo acento estaba puesto en vertical. El leit motiv en que se basaría toda su obra, la célebre frase form follows function (“la forma es el resultado de la función”).


A la llegada del final del siglo XIX otro estilo arquitectónico que comenzó a florecer es el Modernismo, nombre que recibió en España un amplio movimiento internacional de renovación de las artes y, en especial, de la arquitectura y las artes aplicadas -cerámica, vidrio, joyería, etcétera-. Las orígenes, las fechas y los nombres fueron diferentes en los diferentes focos europeos; en Bélgica y Francia se llamó Art-Nouveau, en Alemania Jugedstil, en Austria Secesión vienesa y en Italia Liberty, pero todos ellos tienen en común la influencia del movimiento Arts and Crafts del inglés William Morris. Los artistas elaboraron su propio lenguaje expresivo con un gran individualismo. Todos tendrán en común el deseo de crear nuevas formas, libres del peso de la Historia, y con el bagaje de casi medio siglo de avances técnicos. Además, los arquitectos y los artistas se adaptaron a las exigencias de la creciente clientela burguesa, con una gran libertad creadora que les llevo en muchas ocasiones a imitar los procesos y las formas de la naturaleza. Entre las principales características de este movimiento podemos destacar; la diversidad del estilo en distintos focos, el predominio de las líneas curvas e imitación de formas de la naturaleza, la fusión de la vida cotidiana y el arte, el carácter revolucionario y, finalmente, el modelado plástico y sinuoso de las superficies florales.

Y si bien hemos hablado de unas características generales, el Modernismo es un estilo que tradicionalmente se ha dividido en dos tendencias. Por un lado, el Modernismo «ondulante», propio de Bélgica (con ejemplos como Horta y Van den Velde), de Francia (con Guimard) o de España (sobre todo con Antonio Gaudí), caracterizado por la influencia de los estilos mediavales, la inspiración en la naturaleza, la preocupación por el color, el mecenazgo de la burguesía o el misticismo y la consagración al arte de construir. Por otro lado, el Modernismo «rectilíneo» o «geométrico», propio de Inglaterra, Escocia o Austria. En este sentido, una de las figuras que más ha destacado hasta la actualidad es Antonio Gaudí con su obra más conocida, el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. Una construcción iniciada por el arquitecto Paula del Villar y que en 1883 Gaudí aceptó continuar. Inicialmente siguiendo los patrones del neogótico, el templo estaba pensado y concebido con el espíritu de las grandes catedrales medievales. Para Gaudí fue la obra de su vida, en ella aplicó la geometría para emular las fuerzas de la naturaleza. Los cálculos son tremendamente exigentes, pues tenían un importante simbolismo religioso. Consciente de que la obra iba a superar su muerte, Gaudí llegó a afirmar que «[...] se que el gusto personal que los arquitectos que me sucederán influirá en la obra; pero esto no me duele; creo que incluso beneficiará al templo, marcará la variedad del tiempo dentro de la unidad del plano general». En 1936 un incendio destruyó todos sus dibujos y notas, quedando sólo los moldes de yeso. En la actualidad, gracias a los avances técnicos, las investigaciones han permitido desvelar las leyes geométricas y continuar la obra tal y como estaba proyectada.

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