Apuntes de arte: El Renacimiento italiano

El Renacimiento es un periodo histórico donde se retomaron los principios filosóficos y artísticos de la antigüedad clásica grecorromana afirmando los valores del hombre aunque sin renunciar a la tradición religiosa. Pero además, es un arte que surgió unido a una nueva situación política, económica y social. Gracias al mecenazgo, los artistas se podían dedicar por completo a su producción artística o literaria. Este es el caso de grandes mecenas como la familia de los Medicis en Florencia, los Sforza en Milán o el Papa Julio II en Roma. En este sentido, Italia es el primer lugar donde se cristaliza esta nueva concepción del mundo, probablemente por poseer una mejor organización mercantil, por su configuración territorial en ciudades abiertas -comunas- y por una mayor tradición clásica. Esto hace que sea difícil fijar una fecha exacta para determinar el inicio del Renacimiento, porque ya Giotto en pintura o Pisano en escultura estaban impregnados del espíritu clasicista. Generalmente, se suele dividir el Renacimiento italiano en dos grandes periodos; el quattrocento -siglo XV- y el cinquecento -siglo XVI-. En el resto de Europa la periodización del Renacimiento es más exacta, extendiéndose desde el último decenio del siglo XV hasta mediados del siglo XVI. De hecho, el Renacimiento europeo coincide con un momento histórico de grandes cambios a nivel político y social. La monarquía hispánica ascendía a primera potencia gracias a la ampliación de sus dominios con la casa de Habsburgo, al mismo tiempo que se conquistaba América. En el extremo oriental europeo, los turcos se abrían camino hasta el centro de una Europa totalmente dividida entre católicos y protestantes. No en vano, la crisis que provocó la reforma luterana en el seno de la cristiandad determinó en buena medida el desarrollo artístico del final del Renacimiento.


El arte renacentista fue, por lo tanto, un arte que buscó nuevas formas de expresión y la construcción de un nuevo lenguaje artístico con grandes influencias del mundo clásico. Por eso Italia jugó un papel fundamental a la hora de su difusión, ya que era la región donde más había perdurado la tradición y el gusto por lo clásico. El retorno a la medida humana y el antropocentrismo, también estuvo influido por el pensamiento clásico y ese nuevo giro filosófico que supuso el humanismo. El pensador humanista buscaba conocer la verdad, gozar de la belleza y experimentar de su independencia intelectual. 

Así, como hemos dicho, la fuerte tradición clasicista que había en Italia explotó definitivamente durante el quattrocento, marcando el inicio del Renacimiento italiano. En la arquitectura, el gran foco artístico del siglo XV fue Florencia, que bajo el control de la familia de los Medicis, vivirá uno de sus momentos de mayor esplendor constructivo. La arquitectura renacentista italiana supuso una verdadera ruptura con el estilo gótico y una vuelta, interpretada con gran libertad, a los órdenes clásicos; el arco de medio punto, el techo plano con casetones, la bóveda de cañón, la cúpula semiesférica o la planta central. En cuanto a la decoración, predominó el tipo fantástico, denominada grutescos, donde se funden formas vegetales, animales y humanas, así como la decoración de candelabro -a candelieri-, los almohadillados, los medallones, las guirnaldas y los amorcillos. El artista que sentó las bases de la arquitectura del quattrocento fue Brunelleschi con el levantamiento de la cúpula de la catedral de Florencia. Un templo originalmente gótico y todavía por terminar cuando Brunelleschi descubrió un sistema para construir una gran y airosa cúpula haciéndola descansar sobre el tambor octogonal de piedra. De este modo, construyó dos cúpulas, una externa que contrarresta los empujes y otra interna que aisla y da sensación de magnificencia. Además, Brunelleschi también se encargo de dirigir la construcción de la iglesia de San Lorenzo y de la iglesia del Santo Espíritu. En ellas aparecen todos los elementos arquitectónicos clásicos como son la columna y pilastras sobre las que se erige el capitel con entablamento del que parte el arco de medio punto. Por ejemplo, la Capilla Pazzi, de planta cuadrada con cúpula sobre pechinas, antepone un pórtico que Brunelleschi desarrollará con mayor amplitud en el Hospital de los Inocentes.


El principal discípulo florentino de Brunelleschi fue Michelozzo, autor del palacio Medici-Riccardi, empleó la fachada de paramento almohadillado, propia de la arquitectura civil florentina. También destacó Alberti, arquitecto y humanista, y que es una figura clave a la hora de explicar la teoría artística del Renacimiento gracias a su bibliografía -De reaedificatoria, De Sculptura, De Pictura-. Además, construyó el templo de San Andrés de Mantua donde realizó la fachada como un gran arco de triunfo, creando en el interior un modelo de iglesia, utilizado más tarde por los jesuitas, fundiendo la nave única y las capillas laterales con el crucero cubierto con una gran cúpula. Otra de sus obras fue el Palacio Rucellai en Florencia, donde recubrió la fachada con pilastras dóricas y corintias proporcionando al edificio un mayor impulso vertical y una relación armónica entre las diferentes partes del mismo. Por lo tanto, vemos como por primera vez desde época clásica, se realizan los edificios en un nuevo concepto espacial acoplado a las necesidades del hombre, libre y adaptado a sus actividades económicas, sociales y religiosas.

En los primeros escultores del quattrocento predominó con frecuencia la esbeltez de proporciones y lo curvilíneo, característico del arte gótico internacional, junto con el gusto por el desnudo y la utilización del mármol y bronce, propios del arte clásico. Entre los grandes maestros podemos destacar a cuatro; Ghiberti, Donatello, Della Quercia y Verrocchio. Ghiberti es conocido por ser el artífice de la decoración en bronce de la puerta principal de la catedral de Florencia, con escenas en relieve de gran viveza, tratadas de modo casi pictórico, con volumen, perspectiva, luces, sombras y movimiento. Donatello destacó por representar el cuerpo humano con un vigor y una vitalidad desconocidos para su época -al menos, no conocidos desde época clásica-. Estudió al hombre en la infancia, como por ejemplo en los relieves de niños de la Cantoría de la catedral de Florencia, en la juventud -David- o en la madurez -San Jorge-. Además, la estatua ecuestre que Donatello hizo del condottiero Gattamelata en Padua fue la primera obra de arte moderno para ser colocada en una plaza pública. Della Quercia fue el encargado de realizar los relieves de la portada de San Petronio de Bolonia, con figuras monumentales, así como la tumba de Hilaria de Carreto en Lucca. Finalmente, Verrocchio esculpió el David y la estatua ecuestre del condottiero Colleoni en la ciudad de Venecia, donde captó el deseo de aventura y poder característico del renacimiento veneciano.



La pintura renacentista se extendió desde Florencia hacia otras ciudades italianas como Padua, Milán, Venecia, Ferrara o Roma. El quattrocento es característico por la producción de pintura mural y de caballete con técnicas del fresco, el temple y el óleo. Además, durante este periodo se produjo un intenso estudio sobre la perspectiva, con la introducción de paisaje y arquitectura en los cuadros, así como un mayor interés por el aspecto psicológico y sociológico de los personajes tanto en obras religiosas como profanas. La primera generación de pintores florentinos del siglo XV continuó su gusto por lo lineal y cromático del gótico internacional. Fra Angélico anticipó en esta generación la concepción del volumen, la perspectiva, la arquitectura clásica, la luz y el idealismo puro. Fue el pintor de la Anunciación y de los frescos del convento de San Marcos, en donde fue monje. También Masaccio impulso la pintura renacentista con su obra más significativa, los frescos de la Capilla Brancacci, que expresan con gran acierto el dolor de Adán y Eva tras ser expulsados del Paraíso, así como la tensión de los Apóstoles en el tributo de la moneda. Destacan también otros pintores como Paulo Ucello, famoso por la representación de escorzos en los cuadros de batallas, Andrea del Castagno, que consiguió un gran naturalismo en sus figuras de concepción escultórica o, muy distinto a ellos, Filippo Lippi, característico por un arte lleno de vida, idealismo y alegría en sus imágenes de la Virgen y el Niño.



La segunda generación de pintores florentinos, a partir de 1460, la inició Boticelli, que protegido por el mecenazgo de Lorenzo el Magnífico, dominó el dibujo de trazo fino, el movimiento ondulante de los cuerpos, cabelleras y vestidos, y las composiciones llenas de imaginación y fantasía. Sus figuras tristes, frágiles y pesimistas son originales y extraordinariamente modernas, tanto en sus imágenes religiosas -Madonna del Magnificat- como en las mitológicas, glorificando los paisajes y el cuerpo desnudo -Nacimiento de Venus, La Primavera-. Tras Boticelli, encontramos otros nombres como el de Ghirlandajo, que plasmó figuras de la burguesía, trajes y ambientes florentinos en los frescos de Santa María Novella, o también Piero della Francesca, conocido por investigar la perspectiva aérea y el contraste del color y la luz como elementos expresivos -retrato de Federico de Montefelmo o los frescos de San Francisco de Arezzo-. En la segunda mitad del siglo XV destacan las escuelas pictóricas de Umbría y Padua. En Umbría sobresale el pintor Perugino, autor de la pintura al fresco de La entrega de las llaves a San Pedro, en la Capilla Sixtina, y donde muestra un concepto espacial de la perspectiva, conseguida con la formación de distintos grupos humanos jalonados en un fondo de paisaje arquitectónico, anticipando la obra de Rafael. Por otro lado, en Padua fue Mantegna el máximo conocedor del escorzo y de la profundidad mediante la inclusión de motivos arquitectónicos en sus obras, como por ejemplo el Cristo yacente o la Muerte de la Virgen.



Y si bien en el quattrocento la vida cultural renacenstista giró en torno a Florencia, en el cinquecento el centro del mundo artístico se traslada a Roma. Una ciudad que en el siglo XVI no solo era el centro cultural más importante en el panorama europeo, sino que además ejercía de centro político, social y religioso dentro de la cristiandad. En este sentido, fue importante el papel de mecenazgo que jugaron varios de los pontífices romanos, entre ellos, Julio II, León X o Clemente VII. Dentro de la arquitectura, la principal obra que marca el renacimiento del cinquocento es la Basílica de San Pedro. Su construcción engloba todos los conceptos que, gracias al descubrimiento de ruinas romanas, el Renacimiento manejó. Así, la severidad, la monumentalidad, la perfección o el equilibro, se buscaban utilizando con gran rigor los órdenes y elementos constructivos clásicos, sumado a la austeridad decorativa que, generalmente, se reducía a la alternancia de frontones triangulares y curvos coronando los vanos. El tipo de planta más frecuente fue el de cruz latina y cruz griega que, junto a la gran cúpula, constituían los elementos esenciales de los templos.

Los principales arquitectos del cinquecento fueron; Bramante, Miguel Ángel, Vignolla y Palladio. Bramante, por ejemplo, construyó en el 1502, por encargo de los Reyes Católicos, el pequeño templo circular de San Pietro de Montorio, modelo perfecto del estilo romano. De hecho, la columna funciona como unidad básica con la que se relacionan los tres escalones exteriores concéntricos, la balaustrada y el tambor de la cúpula. Julio II comprendió la perfección del hermoso templete -paradigma del templo central del clasicismo renacentista- y encargó a Bramante la construcción de la Basílica de San Pedro. En él adoptó el modelo de cruz griega, con una gran cúpula centralizando el espacio y cuatro cúpulas menores en los ángulos de las naves, aunque con la muerte de Bramante en 1514, las obras tuvieron que ser continuadas por otros arquitectos de la talla de Rafael o, después, por Miguel Ángel. El propio Miguel Ángel con anterioridad había realizado la escalera de la Biblioteca Laurenciana de Florencia, la Capilla Medici -donde están las famosas estatuas funerarias de los Medici-, la ordenación de la Plaza del Capitolio o la gran cornisa que añadió al Palacio Farnesio de Roma, realizado por Sangallo. En la Basílica de San Pedro, Miguel Ángel modificó los planos de Bramante y Rafael, suprimiendo las torres y ampliando la gran cúpula del tambor, de elegantes proporciones, convirtiéndola en el elemento más expresivo de la construcción. Mantuvo la planta de cruz griega, aunque prolongada ligeramente en los pies para realzar la fachada, modificada de nuevo por Maderno ya en el siglo XVII imponiendo la planta basilical. Uno de los discípulos de Miguel Ángel fue Vignola, conocido por construir la iglesia de los jesuitas de Il Gesú de Roma, modelo para numerosas iglesias de la Compañía en esos momentos recién fundada. El templo consta de una amplia nave abovedada, con capillas laterales bajas y pequeñas sobre las que se disponen las tribunas y un amplio crucero, con los brazos poco profundos, coronado por una cúpula luminosa. Finalmente, la figura de Palladio fue importante tanto por sus construcciones -como por ejemplo la basílica de Vicenza o Villa Capra- como por dejar constancia de su pensamiento artístico en el tratado de los cuatro libros de arquitectura.



La escultura del cinquecento perfeccionó laa experiencia del siglo anterior. Hubo una tendencia general hacia la grandiosidad monumental, el equilibrio entre la masa marmórea y el movimiento, favorecido además por los descubrimientos arqueológicos de época clásica, como el Laoconte y sus hijos, que por ejemplo tendrá una gran influencia en Miguel Ángel. Y es que Miguel Ángel fue, sin duda, uno de los grandes genios creativos del siglo XVI. Arquitecto, pintor y esencialmente escultor, inició su formación en Florencia, ciudad donde recoge las investigaciones de Donatello. La caída de los Medicis le condujo a trabajar en Roma donde realizó la Piedad del Vaticano (1495), en la que muestra la terribilità de los gestos, la fuerza y la perfección de las facciones. Hacia 1503 esculpió el David para la Plaza de la Signora de Florencia. Un David desnudo, heroico, grandioso, que tiene además una gran tensión interna. En estos años comenzó la que probablemente fuera su obra más ambiciosa, el sepulcro del Papa Julio II, aunque por falta de tiempo nunca llegaría a concluir. Solo esculpió la figura del Moisés (1513), obra cumbre de fuerza, grandiosidad y movimiento contenido, y los Esclavos, desnudos masculinos retorcidos de angustia y dolor. Años más tarde, realizó en Florencia las tumbas de los Medicis con las figuras sedentes de Lorenzo y Julián junto con las figuras alegóricas de la Aurora y el Crepúsculo, el Día y la Noche. En la Piedad de Florencia (1550) y en la Piedad de Rondanini (1564) renunció a la perfección en favor de lograr una extrema espiritualidad en la escultura. Su figura eclipsó a otros grandes escultores del momento como Sansovino -sepulcro del cardenal Sforza-, Cellini – Perseo de la Loggia di Lanzi-, Bolonia -Mercurio y Neptuno-, León Leoni -Carlos V y Felipe II- o Pompeo Leoni -sepulcros reales de El Escorial-.



La pintura del cinquecento alcanzó un alto grado de perfección por el impulso dado de grandiosidad, simplificación, rigor de composiciones claras, perspectiva aérea y dominio del claroscuro. De entre todos los pintores italianos podemos destacar el tridente conformado por Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Rafael. El primero de ellos, Leonardo da Vinci, fue el prototipo de hombre renacentista por su capacidad de conocimiento, observación e investigación. De hecho, sus manuscritos y dibujos reflejan su constante deseo de experimentar en la construcción de barcos, puentes, túneles, máquinas para volar, edificios o esculturas. En sus pinturas captó el aire y la atmósfera, deshizo los contornos de las figuras mediante el procedimiento del esfumato y envolvió las formas en el aire dotándolas de expresión enigmática. Por ejemplo, en el cuadro de Santa Ana, la Virgen y el Niño, realizó una rigurosa composición piramidal en grupo con un paisaje de fondo. En la Última Cena, una pintura mural del Refectorio de Santa María delle Grazie, demostró un profundo conocimiento de la perspectiva y del estudio psicológico de los apóstoles agrupados rítmicamente. Otro cuadro importante por el uso del esfumato y el estudio del claroscuro es la Virgen de las Rocas. Aunque sin duda, la obra más famosa es su enigmático retrato de La Gioconda, tanto por su misteriosa sonrisa como por el uso de una luz envolvente en claroscuros y un amplio paisaje indeterminado. El cuadro, que todavía hoy sigue generando debate, lo tuvo siempre consigo sometiéndolo a numerosos retoques.



Miguel Ángel es fundamentalmente conocido por su faceta de escultor, pero también cuenta con numerosas obras conocidas en el campo de la pintura. Inicialmente, Miguel Ángel fue llamado Roma por el Papa Julio II para realizar su tumba, pero este encargo fue interrumpido por la realización de la decoración mural de la Capilla Sixtina en el Vaticano. Allí, Miguel Angel trazó en los tramos de las bóveda escenas bíblicas de la Creación y del pecado original, profetas, sibilas, relieves circulares y esculturas pintadas, y en el plafón de fondo, el Juicio Final. Como escultor, concedió una mayor importancia al dibujo y al volumen que al color y al paisaje, constituyendo figuras musculosas, con movimiento y escorzos, con numerosos desnudos, con violencia contenida y con un dramatismo que le separa de sus contemporáneos renacentistas y le acercan al origen del manierismo. Por otro lado, la obra de Rafael se suele definir a través de tres periodos diferenciados por sus estancias en Perusa, Florencia y Roma. En su juventud, fue decisiva la influencia de Perugino con la ordenación de los grupos en consumada simetría y paralelismo -Desposorios de la Virgen-. Ya en Florencia conoció a Leonardo da Vinci, las composiciones geométricas y el equilibrio de las figuras, realizando además las famosas Madonnas -Madonna del Jilguero, Madonna del baldaquino y Santo Entierro-. Las obras finalizadas durante su residencia en Roma fueron las mejor elaboradas , tanto los cuadros -el Entierro de Cristo o los retratos de Baltasar de Castiglione, Julio II y León X- como las decoraciones al fresco en las Estancias del Vaticano, como la Escuela de Atenas, el Indencio del Borgo o la Disputa del Sacramento, que constituyen la cima de la pintura monumental en las que figuras y arquitectura están fundidas en una perfecta, bella y ordenada unidad.


Tras el saqueo de Roma en 1527 y la crisis económica que azotó a la península Itálica a mediados del siglo XVI, muchos artistas se dispersan dando origen al movimiento denominado manierismo. Un movimiento caracterizado por ser imaginativo, caprichoso, lúdico y en donde pintores como Broncino, Correggio o Parmeggianino realizaron sus obras «a la manera de» los grandes maestros clásicos, alargando extraordinariamente las figuras, dotadas de un gran refinamiento, por lo que terminan impregnando las obras de un sentido anticlásico. En este sentido, Broncino forzó las actitudes de los desnudos en escenas frías y distantes -Alegoría del Amor-. Corregio fue el pintor más colorista y de contornos difuminados y sonrientes, por la influencia que sobre él ejercieron las obras de Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y los pintores venecianos. En la decoración de la pintura mural al fresco consiguió un gran dinamismo y profundidad, por lo que fue un precursor del barroco -Asunción de la Virgen, Matrimonio místico de Santa Catalina-. Finalmente, Parmeggianino se caracterizó por el refinamiento en las alargadas composiciones como en su Madonna del cuello largo.

Solo Venecia mantuvo el predominio económico gracias a los contactos comerciales con Oriente y solo allí se dieron las condiciones para promocionar un arte sereno, equilibrado, sensual, con predominio del color sobre el dibujo -policromía luminosa de todos cálidos-, donde el paisaje se convierte en parte integral del cuadro, con tanta importancia a temas secundarios, anecdóticos, como al tema principal. Los más destacados artistas de la escuela veneciana fueron Giorgione, Tiziano, Tintoretto o Veronés, que a su vez ejercieron una gran influencia sobre la pintura barroca. Giorgione fue el primer pintor que utilizó conjuntamente la luz, el color, la perspectiva atmosférica, las formas suavemente modeladas y el espacio armonioso, como por ejemplo en su obra de La Tempestad. Tiziano fue el pintor de las actitudes solemnes, de la elegancia en la vestimenta, de la sensualidad en los temas profanos, de paisajes envolventes y de perfecto dominio de la técnica pictórica. De toda su obra destacan los retratos de Carlos V en la batalla de Mühlberg, Isabel de Portugal, Felipe II o su Autorretrato. En los cuadros mitológicos, el desnudo, en especial el femenino, adquiere la plenitud sensual como en Venus y el Amor, Dánae, Amor sacro y amor profano, La Bacanal o Venus recreándose en la música. También son muy importantes sus pinturas de temática religiosa; el Martirio de San Lorenzo o la Virgen de la familia de los Pésaro. En esta línea, Tintoretto realizó sus grandes lienzos con una audaz composición espacial desmaterializando las formas arquitectónicas y las figuras, la tensión en el movimiento contenido, las luces violentas o los cielos tenebrosos, agitados y grisáceos son característicos de obras suyas como El laboratorio de los pies, el Traslado del cuerpo de San Marcos o El Milagro de San Marcos. Por último, Veronés es reconocido por reproducir ceremonias llenas de lujo, fastuosidad y esplendor humano, con rica policromía colorista y amplios escenarios arquitectónicos, llenos de columnas de edificios clásicos y multitudes humanas, reflejando detallismo, escorzos y movimiento. Entre sus obras podemos destacar; Cristo entre los doctores, Las bodas de Canaán, Moisés salvando las aguas o El triunfo de Venecia.


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